UNA TRISTE NOTICIA
Vicente Adelantado
Soriano
Y en todas las cosas
humanas sucede, si bien se mira, que no se puede quitar un
inconveniente sin que inmediatamente surja otro.
Maquiavelo,
Discursos sobre la primera década de Tito Livio
Así pues, cuando de
nuevo llega la misma causa, nosotros que hemos llegado a ser los
mismos haremos las mismas cosas y de la misma manera, y así también
todos los demás hombres.
Plutarco,
Sobre el hado
Se ha vuelto a repetir
la tragedia. Cada cierto tiempo en Estados Unidos, casi de forma
sistemática, se producen y reproducen hechos de este calibre. Una
persona, en este caso un joven de 20 años, ha entrado, no en un
instituto o en una universidad, sino en una guardería infantil,
armado como si se fuera a la guerra, y ha abierto fuego contra niños
y profesoras, personas cuyo único delito era haber nacido y estar
allí. No se sabe, a estas alturas, qué ha llevado a este joven a
matar a esos niños, y a suicidarse él. Quizás la explicación más
sencilla sea reconocer que este hombre tenía las facultades mentales
perturbadas. Desde luego hay que estar loco para matar a una persona
sin más, aunque sea por razones ideológicas, y máxime cuando esas
personas son niños de entre entre tres y cinco o seis años.
La masacre ha
reabierto, una vez más, la polémica sobre si prohibir la venta de
armas en Estados Unidos, o si dejar que esta continúe por mor de la
libertad y de la constitución. No creo que los partidarios de la
prohibición consigan ninguna ventaja, pese a los niños
recientemente asesinados. No por amor a la libertad o a la
constitución americana de sus oponentes, sino por la ingente
cantidad de dinero, poderoso caballero, que mueve este nefasto
mercado de estos fieros artilugios. También existe ese amor a la
libertad, al menos de palabra, en otros países donde, aparentemente,
no es tan fácil hacerse con un arma. La industria armamentística es
muy fuerte, tiene muchos intereses, y luchará a muerte para que no
se derogue la famosa libertad de portar armas, y de tener un arsenal
en casa, como, al parecer, era el caso de la madre del joven asesino,
también abatida por este. Los americanos, pese a estos asesinatos, y
a otros que vendrán, seguirán siendo libres de llevar armas, así
dentro de unos pocos años, con toda probabilidad, se repetirá el
horror que ahora hemos vivido. Se ampararán, para ello, cómo no, en
la Constitución. Sí, la Constitución amparaba que la madre del
asesino tuviera un arsenal en casa, y llevara a sus hijos, los
domingos por la mañana, a practicar el tiro al blanco. También la
ampararía, seguramente, en el caso de que hubiera decidido llevarlos
a una biblioteca pública, a una sesión matinal de teatro, o a oír
algún concierto de música clásica.
Hay personas que,
cuando hablan de la Constitución de su país, parece que estén
hablando de los Diez Mandamientos; de algo considerado como palabra
de Dios y, en consecuencia, inamovible. Los diez mandamientos en su
inmensa mayoría no son sino la ley natural, unas normas básicas de
convivencia. Y las constituciones son hijas de su tiempo; y, por
supuesto, del hombre o de los hombres que las redactaron. Este
todavía no ha creado nada que no sea mejorable, que no se transforme
con el tiempo y requiera de su revisión y puesta al día. A nadie,
por ejemplo, se le ocurriría gobernar hoy con la constitución de
Licurgo o con las leyes de la Atenas de Pericles. Y no porque
aquellas no tuvieran sus cosas buenas y positivas, sino porque
nuestra realidad, al menos en algunos aspectos, es distinta a la de
tan benditos y lejanos tiempos. Eso sin olvidar que, cuando interesa,
la constitución y las leyes se vuelven papel mojado. No hace falta
que nos vayamos fuera para verlo y comprobarlo. Un ciudadano español,
por ejemplo, no se puede mover libremente por su territorio, si es
funcionario o tiene que hacer oposiciones, a menos que conozca los
cuatro dialectos áticos o esté inspirado por el Espíritu Santo.
Caso contrario es un invasor.
Está muy bien conocer
muchos idiomas, pues estos abren las puertas a infinidad de
conocimientos. Un inocente estudiante de filología se podría
emocionar viendo manifestaciones, tanto en la Hispania Citerior como
en la Ulterior, o en la Tarraconensis y en la Bética, de grupos de
personas, humanas en su inmensa mayoría, en defensa de su lengua y
de sus famosas señas de identidad. Lo malo del caso es que si ese
inocente estudiante hablara con algunos de los manifestantes, tal vez
se llevara la sorpresa de que la inmensa mayoría de estos ni ha
leído un libro, ni en su lengua, ni en ninguna, y que, además, no
lo piensa ni leer. No hace falta leer, razonan, para defender algo
que es suyo. Y lo más suyo es la lengua.
Algo similar le puede
suceder a un pacífico creyente cuando ve a miles de personas, a
través de la televisión, manifestándose porque alguien,
aparentemente, se ha reído de su dios o de su profeta haciendo
caricaturas en una revista o rodando películas malas y de peor
gusto. Viendo las caras de los manifestantes en demanda de sangre,
venganza y cabezas cortadas, se pregunta uno a qué tipo de dios
están defendiendo. O a qué ser superior se desea preservar quemando
los libros sagrados de otras religiones. Hay acciones que parecen
empeñadas en hacernos creer que todavía estamos en la Edad Media,
que no fue ni tan oscura ni tan bárbara por mucho que las
comparaciones resulten odiosas.
Ignoro en qué parte
del Corán se dice que la mujer tiene que ir tapada como si estuviera
enterrada en vida. Ignoro en qué evangelio se dice que un inquisidor
tiene derecho a condenar a la hoguera a un ser vivo. Ignoro muchas
cosas; pero sé que hay un claro mandamiento, muy relacionado con las
armas: no matarás. Y creo que este mandamiento va dirigido a todos,
al menos a todos los que sean creyentes. Pero este mandamiento, como
el de amarás a tu prójimo y a tu enemigo, tiene un grave problema:
va en contra de cierta naturaleza humana, incluso en contra de muchos
pretendidos creyentes. Por eso mismo hubo que adaptarlo enseguida. Y
como no podía dejar de suceder, salió el exégeta, el discípulo
que siempre traiciona al maestro y permite hacer lo contrario de lo
que predicó aquel:
Hay
algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar,
señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan
comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte, como la
orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso,
quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad;
es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí
que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no
matarás los
hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que
investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley es decir,
según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de
crímenes.1
No
dice san Agustín dónde señala la autoridad divina las excepciones
al famoso y traído no matarás. Tampoco
hace falta buscarlo: el hombre es capaz de darle la vuelta a
cualquier cosa para hacer lo que, en el fondo, desea hacer, así
tenga que ir en contra del mismísimo Zeus y de todas las leyes
humanas y divinas. No obstante, muchos años después, sería Thomas
Moro quien respondería a san Agustín: Dios prohíbe matar, viene a
decir Moro; y si se acepta la pena de muerte entre cristianos,
llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo
determinan las leyes humanas.2
Y eso es lo que ha sucedido, y lo que sigue sucediendo. Quizás
porque así está grabado a fuego en la misma naturaleza del hombre.
Pues se supone que quien defiende a su Dios, debe defender su
creación, y nada más cercano a él que el hombre. ¿Cómo entonces
se atreven a destruir a este? Tan absurda pregunta se puede responder
de infinidad de modos y maneras, pues siempre unos emprenderán la
guerra justa contra otros, que son injustos. Y tantos son los
bachilleres, tantos son los pareceres. Ya lo advertía el propio
Erasmo de Rotterdam:
Tantas
son las facciones cuantas son las cofradías. Los dominicos están
desavenidos con los minoritas; los benedictinos tienen diferencias
con los bernardinos; tantos son los hombres cuantos son los cultos,
tantas las ceremonias que la pasión hace distintas para que no
hubiera acuerdo posible, a cada cual le gusta lo propio y condena y
odia lo ajeno.3
Y lo que más condena
el hombre es todo aquello que puede atentar contra su estatuto social
o sus medios de vida. A veces, para preservarlos, se valdrá de la
religión, de la filosofía, de las leyes; y, por supuesto, de la
fuerza. Pues para tener razón no hay nada tan contundente como la
posibilidad de condenar al otro a prisión, a galeras, o de quitarle
la vida. La solución es tan brutal que la mayoría de los humanos,
con miedo al dolor y a la muerte, aceptarán tal justicia, o la
visión de las cosas de quien manda, para poder, al menos, seguir
viviendo. Somos habitantes de una sociedad violenta.
No es la muerte, sin
embargo, lo más terrible. Ni la milicia, en consecuencia, pues como
dice el marinero:
Se entra en combate:
en
una hora hora viene rápida la muerte o alegre la victoria.4
Lo terrible, tal vez lo
peor, sea la desazón, la esclavitud. El depender de un trabajo, pues
sin él no se come, y de sus consecuencias: tener que soportar
injusticias, tomaduras de pelo, pérdidas de todo tipo de derechos,
penosamente adquiridos, viendo como, mientras tanto, otros se
enriquecen a costa de la inmensa mayoría. Es, por supuesto, un tipo
de violencia que, a su vez, genera otra, y otra más. Y la violencia,
cuando no se corta pronto, va engrosando y convirtiéndose cada vez
en más peligrosa. Ahora bien,
No
será fácil que emprenda una guerra quien no mira más que el
interés general. Lo que estamos viendo es cabalmente todo lo
contrario: casi todas las causas de la guerra nacen de pretextos que
nada tienen que ver con el bien del pueblo.5
Y no se hace la guerra
sin armas. También, de alguna forma, tienen razón quienes defienden
la libertad de portar estas, o de tenerlas en casa. No sucede nada
malo con ellas, dicen, si se tiene sentido común, y se sabe valorar
una vida humana. Y tal vez para ello, como han apuntado en alguna
ocasión, habría que comenzar por regular las películas violentas y
los videojuegos de la misma calaña, al alcance de cualquier
adolescente. No en balde los griegos prohibían escenas de violencia
en las obras de teatro. Ahora, por el contrario, cualquier niño de
diez o doce años, ya está más que habituado a ver escenas
violentas en el cine y en la televisión. Tanto es así que la
violencia, para ellos, es un espectáculo que, además, y por regla
general, les produce risa. Es para meditar sobre ello.
Es
difícil dar soluciones al problema. Ahora bien, quizás lo mejor
fuera no portar ni tener armas, y menos cuando en casa hay algún
elemento inestable. Quizás habría que enseñarles a ciertos niños
que, tal vez, los marcianos frenen sus ataques cuando vean que somos
personas pacíficas que vamos a oír conciertos, a ver obras de
teatro o a pasear con los amigos por caminos rurales o urbanos. Aun
así tal vez nunca podamos erradicar la violencia ni la locura. Llama
la atención cuánto se han perfeccionado las armas y qué poco lo ha
hecho el hombre. ¿Y para qué quiere una persona un arsenal en su
casa? A veces leyendo artículos, o viendo programas sobre la
exploración espacial, se pregunta uno qué pasaría si esos avances,
si todo ese dinero de estaciones espaciales robots, etc., lo
aplicáramos al hombre y a su desarrollo. Pero no, no es cuestión de
dinero. El problema del hombre es que tiene una capa más difícil de
horadar que el más duro de los asteroides, pues siempre ha tenido y
tendrá justificaciones para todo: para matar y condenar al otro
sobre todo, pues siempre es el otro quien se equivoca y hace las
cosas mal, es el otro quien comienza las guerras injustas. Quien las
hace bien, por el contrario, está cercano a la divinidad, por
supuesto. Y no hay esclavo más abyecto ni más servil que
quienes se consideran, como suele decirse, cercanos a los dioses y
señores de todos.6
Y esto pasa en toda sociedad
humana y con toda constitución y creencia humana o divina. El
hombre, por desgracia, siempre es igual a sí mismo. Y dudo ya de que
haya algo que hacer. Cada vez lo dudo más. Sí, la vida
humana no es otra cosa que un juego de necios.7
Un absurdo juego en el cual siempre son los inocentes quienes más
tienen que perder y quienes más pierden. Sit illis terra
levis.
1San
Agustín, La ciudad de Dios. Traducción
de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuentes Lanero. B.A.C.
Madrid, 1988, I, 21
2Tomás
Moro, Utopía, Traducción
de Pedro Rodríguez Santidrián, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p.
86
3Erasmo
de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la
paz. Traducción de Lorenzo
Riber. Ediciones
Orbis, Madrid, 1985 p. 118
4Horacio,
Sátiras, Epístolas. Arte poética. Traducción
de Horacio Silvestre. Cátedra Letras Universales. Madrid, 2010,
Sátira I, v 7-8
5Erasmo
de Rotterdam, Opus ctda., p.
138
6Erasmo
de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, Traducción
de Ramón Puig de la Bellacasa. Alianza Editorial, Madrid, 2008,
p.116
7Erasmo
de Rotterdam, Elogio de la locura, Traducción
de A. Rodríguez Bachiller, Ediciones Orbis, Madrid, 1984, cap.
XXVII